miércoles, 12 de enero de 2011

Barroco. Poesía fuera del tiempo.


Dos poemas, dos realidades históricas distintas y sin embargo una misma esencia. El Barroco entendido como tendencia literaria propia de ciertas características que le otorgan unicidad dentro de la gran variedad literaria de la época, y no ya como período histórico en el que se desarrollaron ciertos cambios en el imaginario literario de entonces.

En todo caso, para mí, lo que hace de la poesía algo barroco es precisamente esas características distintivas y no el cambio por las que fueron generadas, ni tampoco época determinada en la que se produjo (1600-1750 aproximadamente). El tiempo no vendría a ser aquí el elemento definitorio, lo que trazara los límites entre lo que es y no barroco. Por eso hablar de la poesía barroca como algo fuera del tiempo.

El poema de Quevedo, Barroco, según mi criterio, sobre todo a nivel del manejo del lenguaje:

Rostro de blanca nieve, fondo en grajo;

la piel, que está en un tris de ser pelleja;

la plata que se trueca ya en cascajo;

habla casi fregona de estropajo;

el aliño, imitado a la corneja;

tez que, con pringue y arrebol, semeja

clavel almidonado de gargajo.

En las guedejas, vuelto el oro orujo,

y ya merecedor de cola el ojo,

sin esperar más beso que el del brujo.

Dos colmillos comidos de gorgojo,

una boca con cámaras y pujo,

a la que rosa fue vuelven abrojo.

Francisco de Quevedo.

Es también un poema barroco por el tejido de imágenes que lo comprenden: alusión a la fugacidad de la belleza de la vida, de la mujer y del engaño visual, y en general de las sensaciones humanas. La ambigüedad que encierra el hecho de que lo bello, lo valioso se transforma tarde o temprano y entonces lo bello se pudra y lo valioso se oxide. La consciencia de la muerte. La premisa eterna del “nada es eterno”, la constante de la no constancia, de la fugacidad de la vida. Ironías.

Lo mismo que en “atienda aquel que dijo”, de la poeta venezolana Ida Gramcko, que a pesar de pertenecer a una realidad temporal y espacial nada parecida a la de Quevedo, logra, según mi criterio, exponer y compartir con el poema anterior las características propias del barroco. La ironía, el desengaño, la estética del contraste, el juego de la constante inconstancia e inconsistencia del mundo. La sensación de vacío. El vértigo.

Aquel que dijo

Hallar dicha y sosiego

en un sueño beatífico y tranquilo;

atienda a lo que digo y lo que creo.

¿Sabes, nocturno amigo,

a qué cosa en verdad llamamos sueño?

Atiende, hermano mío,

sin pena y sin recelo,

yo, que he soñado, yo, que no he dormido,

te pregunto sin voz desde mi lecho:

¿crees que el sueño protege del abismo,

rescata del asalto y del incendio?

Yo, soñadora inmóvil, no he creído

en mi rostro apacible cuando duermo.

Lucho soñando, sórdida, conmigo,

con un pájaro extraño, con el viento,

con un agudo y afilado pico

que me horada las sienes y el cerebro

y dejo sangre en el cojín y heridos

flotan ardiendo, aullando, mis cabellos.

Soñador y sonámbulo es lo mismo.

Se va entre nieblas, huérfano.

¿Quién hiló las almohadas? ¿El olvido?

La mano movediza del recuerdo

con un sombrío ovillo

y tejió la crisálida del lienzo

con una larga víbora de lino

que se enrosca en el alma y en el cuerpo.

Atienda aquel que alguna vez me dijo

hallar quietud seráfica en el sueño;

atienda a mi creencia, a mi pregunta,

que es la de todo soñador despierto.

Creo en mi corazón, su llama oculta

bajo las sábanas, ardiendo.

Creo en mi sangre muda

corriendo como un río del infierno.

¿Cree alguien en la calma de las tumbas,

en la paz de los muertos?

Quieren creer... ¡No lo han creído nunca!

Descansa en paz, sólo es un gran deseo.

Descansa en paz, pero la paz no escucha;

descansa en paz, pero el descanso es ciego.

La muerte, insomne, mira hacia la lucha

y el sueño es el más íntimo desvelo.

Ida Gramcko



Dca2

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